El viaje de la luz: una travesía barroca
Francisco José Marcos Pérez
Detalle de una de las salas de la exposición / Foto: Francisco José Marcos Pérez
El Palacio del Obispo acoge ‘El viaje de la luz’. Esta muestra de la Academia de San Fernando invita a recorrer la historia de la pintura como una auténtica travesía desde las sombras hacia la luminosidad absoluta.
La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, nacida del impulso ilustrado a mediados del siglo XVIII, custodia en sus muros no solo obras, sino también la propia historia de la pedagogía artística. Su actual exposición temporal, ‘El viaje de la luz: de Guido Reni a Murillo’, saca estos fondos de su sede habitual para plantear una tesis fascinante: la historia de la pintura coincide de forma inexorable con la evolución técnica de la representación de la luz, invitando al espectador a emprender su propia travesía visual.
Para acoger este discurso, la elección del Palacio del Obispo de Málaga como sede no es casual. Al tratarse de un portentoso edificio Barroco, se convierte en el mejor continente posible, estableciendo un diálogo perfecto con las 81 obras expuestas. Desde el momento en que el visitante se topa con su magnífica fachada y su imponente portada, hasta que asciende por su majestuosa escalera imperial, la propia arquitectura predispone el espíritu para iniciar este enriquecedor viaje hacia la teatralidad de los siglos XVI al XVIII.
El montaje museográfico demuestra una profunda sensibilidad para guiar nuestros pasos. Las salas, grandes y diáfanas, facilitan una circulación cómoda. Las paredes, teñidas de un sereno color verde agua, relajan la mirada y permiten que los claroscuros destaquen sin estridencias, mientras el suelo enmoquetado amortigua la pisada, creando una atmósfera de contemplación. La iluminación de las obras se resuelve con pulcritud, permitiendo apreciar los matices técnicos sin reflejos que entorpezcan la lectura.
El itinerario curatorial, lejos de ser estrictamente lineal, se articula en cuatro escalas fundamentales. Arranca en el ‘Manierismo’, un periodo a menudo incomprendido y tildado de decadente o arte viciado por teóricos como Giovan Pietro Bellori, quien llegó a afirmar que en aquella época «ni dentro ni fuera de Italia podía encontrarse un pintor». Sin embargo, la exposición rescata su verdadera dimensión: una etapa donde la distorsión formal y el alejamiento de la naturaleza respondían a una profunda búsqueda de la interioridad del artista, fuertemente impulsada por las directrices del Concilio de Trento.
El verdadero punto de inflexión de esta ruta llega con el ‘Inicio del Barroco y el caravaggismo’. Caravaggio, al que Carducho llegó a tildar de «anticristo» de la pintura, irrumpe haciendo emerger a sus personajes mediante un violento claroscuro. Vemos el eco internacional de este lenguaje no solo en el magistral ‘Prendimiento de Cristo’ del flamenco Adam de Coster o en los ‘Martirios’ de Luigi Amidani, sino también en las obras del boloñés Guido Reni, quien da nombre a la muestra y deslumbra con piezas de una emotividad lumínica tan rotunda como su ‘Cristo resucitado abrazado a la Cruz’.
En la travesía hacia el pleno Barroco, nos sumergimos en el dilema de ‘Color frente a dibujo’. La exposición ilustra el apogeo de la pintura donde el color logra superar la tiranía de la línea, trascendiendo el formato del cuadro de altar para inundar todos los géneros. Es aquí donde el segundo gran protagonista del título, Bartolomé Esteban Murillo, destaca sobre el resto de su generación uniendo la belleza delicada y lo popular en lienzos cautivadores como ‘La Magdalena’. En esta obra, el maestro sevillano abandona el tenebrismo estricto para sumergirse en su célebre ‘estilo vaporoso’. La luz ya no es un foco agresivo, sino un halo melancólico y cálido que acaricia la figura, invitando al espectador al más absoluto recogimiento espiritual. Es un acierto, además, incluir en esta sección la pintura de flores, con maestros como Juan de Arellano.
Finalmente, el trayecto culmina con ‘Luminosidad’. Siguiendo el precepto de Antonio Palomino de «romper y desmentir la superficie», vemos cómo la luz crea espacios imaginarios más allá del plano. El ejemplo definitivo de este dominio es el hermoso ‘Ángel de la guarda’ de Claudio Coello —expuesto en público por primera vez tras su cuidada restauración—, que sirve de antesala a los torrentes de luz que caracterizarían los frescos de Luca Giordano.
‘El viaje de la luz’ trasciende la mera contemplación para convertirse en una auténtica travesía de la mirada. Gracias a un montaje impecable que guía al visitante, y a un continente Barroco que abraza su contenido, el espectador culmina este itinerario habiendo transitado desde la oscuridad hasta presenciar el mayor triunfo del arte moderno: la conquista definitiva de la luz.
La exposición: «El viaje de la luz: de Guido Reni a Murillo».
Comisaria: Mercedes González.
Lugar: Centro Cultural Fundación Unicaja, Málaga.
Fecha: Hasta 5 julio 2026.
Horario: L-S 10:00-14:00 y 16:00-19:00. D y festivos 10:00-14:00.




